Donde el pueblo levantó la colegiata y el obispado se quedó con las llaves

Evaristo Villar, 25 agosto 2026
Llegaron don Quijote y Sancho a San Martín de Elines una tarde en que el sol encendía las piedras románicas de la colegiata y las ortigas, altas y poderosas, guardaban el camino con mayor diligencia que las autoridades de Cantabria.
Rocinante se detuvo ante la maleza, acaso por respeto al monumento o porque, siendo caballo prudente, no quiso entrar donde hasta las zarzas parecían tener título de propiedad. El rucio, menos respetuoso con las escrituras, se comió un cardo.
— ¡Detente, Sancho! — exclamó don Quijote—. ¿No ves esta soberbia fortaleza, cautiva bajo el hechizo de algún maligno encantador? Sus piedras claman, sus capiteles gimen y cien criaturas aprisionadas bajo el alero nos piden libertad.
—Las piedras no sé, señor; pero los vecinos llevan tiempo clamando y nadie les abre.
Llegaron a la puerta. Don Quijote empujó. La puerta no cedió.








